Hay que exigir a los líderes sentarse a la mesa de las negociaciones, pues la única posible salida es la vía diplomática. El mundo ha visto muchos conflictos que duraron muchas décadas, y después de mucho sufrimiento la resolución siempre fue un acuerdo diplomático.
Adriana Potel es una activista social por la paz y por lo derechos humanos. Su corazón y sus raíces están divididos entre Argentina e Israel y viaja por el mundo para trabajos y voluntariados en proyectos sociales.
Adriana ha vivido más tiempo en Argentina que en Israel, pero el tiempo que sea que uno vive en Israel lo impacta para siempre: “Todo lo que pasa en Israel me interpela, me conmueve, me enoja, me preocupa, me emociona y nunca me es indiferente”, dice.
Trabaja en organizaciones sociales y participó en proyectos psicosociales dedicados a la prevención de la violencia de género. Hoy acompaña a ONGs que trabajan la salud y la educación en diferentes partes de Latinoamérica, sobre todo.
A.V: Una de las organizaciones que representas es Women Wage Peace, que en español se llama Mujeres Activan por la Paz. Cuéntanos cómo surgió el movimiento.
AP: En el año 2014, hubo un operativo militar en Gaza, llamado Margen Protector, que fue una de las guerras previas a esta gran guerra de los últimos dos años. Tras el operativo, un grupo de madres, de esposas, de compañeras, estaban muy preocupadas porque no sabían dónde estaban sus hijos y sus parejas, y empezaron a enviarse mails para estar comunicadas y contenidas. De ahí salió la necesidad de juntarse, se juntaron 50 mujeres en Tel Aviv y decidieron hacer algo, porque había que cambiar. Todo lo que se hizo hasta ese momento no había servido de nada, sólo había guerra, y violencia que trae más violencia. Ellas querían hacer algo para cambiar la realidad para las futuras generaciones.
En ese momento se fundó Mujeres Activan por la Paz (נשים עושות שלום) con tres pilares importantes.
El primero, el movimiento iba a ser inclusivo, iba a haber lugar para todas las voces. La sociedad israelí es muy compleja, tenemos judíos árabes, beduinos de las aldeas, gente de las ciudades, de kibutzim, todas tienen que tener lugar para sus voces, es uno de los motivos para haber decidido ser apolítico y apartidario.
Segundo, exigir a los líderes sentarse a la mesa de las negociaciones, pues la única posible salida es la vía diplomática. El mundo ha visto muchos conflictos que duraron muchas décadas, y después de mucho sufrimiento la resolución siempre fue un acuerdo diplomático. Y el tercero, no todos saben, pero en el año 2000 hubo una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la 1325. Esa resolución habla por primera vez de la perspectiva de género en los espacios bélicos, y de las violencias hacia las mujeres. Pero la clave aquí es que las mujeres tienen que estar en las mesas de negociaciones. Estudios han comprobado que en las resoluciones en los acuerdos diplomáticos donde se cumplió esa sanción y donde participaron mujeres, los acuerdos fueron más sostenidos y más estables.
¿Cómo creció el movimiento a partir de ese momento?
Se convirtió en un movimiento cada vez más grande. Una vez por semana en todos los cruces del país salían las mujeres con carteles que decían que las mujeres de centro, derecha, e izquierda, todas queríamos un acuerdo. Las mujeres del movimiento salían a la calle para hablar con la gente. Los que conocemos la historia israelí de las últimas décadas sabemos que la palabra paz se ha devaluado, ya no se habla de paz, se habla sólo de acuerdos. Las mujeres querían volver a instalar la palabra porque para nosotras no hay otro camino.
¿En qué momento te involucraste tú?
En el 2016, yo vivía en un pueblo rural en Córdoba, Argentina, y las empecé a ver por las redes. Sentí que esas mujeres me representaban, algo que no había sentido con otros movimientos que conocía. Yo ya estaba trabajando en organizaciones de mujeres y ellas empezaron a cambiar un vocabulario, cambiar el pensamiento de ganar, vencer, conquistar y luchar por las de encuentro, diálogo, encontrarse con el diferente, derribar muros de prejuicios y diálogo, sobre todo diálogo. La siguiente vez que fui a visitar a mi familia en Israel ellas organizaron un evento y me uní. Bajaron mil mujeres de un tren y yo empecé a llorar, me dio tanta conmoción, marchamos, cantamos, hablamos y lo primero que me vino a la mente es que esto hay que contarlo. Lo vi como un desafío y me uní al movimiento y a contarlo a más y más personas.
Se armó el grupo de apoyo internacional, se empezó a tener más visibilidad e hicieron un lobby de mujeres en el parlamento, en la Knesset. Todos los martes iban entre 70 y 90 mujeres con el uniforme de camisa blanca y una chalina turquesa y se sentaban en todas las comisiones de la Knesset: educación, seguridad etc. No podían votar, pero sí podían tener presencia y ser escuchadas.
Creo que la paz se construye en el metro cuadrado que uno vive, luego hay que sumar todos los metros cuadrados. En estos tiempos es difícil imaginar la paz, para algunos es difícil hasta nombrarla, pero la alternativa es guerra, y ya sabemos que esa no es una buena opción.
Al principio eran sólo mujeres israelíes, eso incluye judías, árabes, beduinas ¿cómo empezó el encuentro con las mujeres palestinas?
En 2018 decidieron que ya que lo que ellas promueven es el diálogo con los palestinos, deberían comenzar este diálogo. En la sociedad israelí se oye mucho que no hay con quién hablar en el lado palestino, pero lo mismo piensan ellos, que no tienen con quien hablar del lado israelí.
Las mujeres árabes del movimiento tuvieron un rol fundamental para empezar a tener vínculos con las mujeres palestinas, por la cultura, por el idioma, hasta por lazos familiares, y muy despacito empezaron a tender un puente y a juntarse con mujeres de Cisjordania. Así nació el movimiento paralelo llamado Mujeres del Sol. Desde el 2022 los dos movimientos caminan a la par, declarando que ninguna vida vale más, ninguna madre quiere perder a su hijo, y juntas escribieron el manifiesto llamado El Llamado de las Madres.
Yo tuve la oportunidad de participar en un encuentro en la ciudad de Yafo, al cual llegaron también mujeres de Cisjordania. Hacíamos círculos de tres, y las que trabajamos en organizaciones y encuentros de mujeres sabemos qué nos pasa cuando las mujeres nos juntamos, a los cinco minutos hablamos de los hijos, de lo que les pasa y cosas de la vida que nos afectan a todas. Es una sensación muy fuerte, porque había una confianza inmediata. Una de las mujeres árabes me contó que su marido tiene otra familia, y que su marido es violento, pero no lo puede dejar porque él la mantiene. Esa fue la primera vez que lo pudo contar, nunca sintió ese nivel de intimidad y confianza. Cuando uno tiene la posibilidad de estar en esos encuentros sale transformado y eso es lo hacen estas mujeres, juntarse para transformarse y para construir.
¿Qué impacto han visto en la sociedad, además del impacto personal en la vida de muchas mujeres?
Creo que los movimientos sociales no transforman una realidad política. Una de las fundadoras fue una mujer argentina que se inspiró mucho en las abuelas de Plaza de Mayo, que tardaron 40 años en ser reconocidas. Poco a poco se van haciendo más visibles, el año pasado fueron invitadas a un acto importante de Yom Haatzmaut, ya van dos años que son nominadas a los premios Nobel de la paz junto con las Mujeres del Sol. El Time Magazine eligió a una mujer de cada movimiento para las 12 mujeres más influyentes del año. Tenemos que seguir remando viento y marea. En los últimos años se hace mucho más trabajo a nivel diplomático, para llegar a más y más embajadores, con mujeres diplomáticas, y a conectar con mujeres de otros sitios, saharauis, nigerianas, venezolanas.
Tanto en España como en muchos países las organizaciones de derechos humanos y las activistas feministas les dieron la espalda a las mujeres israelíes
¿Qué pasó para ustedes el 7 de octubre?
Ese día, a las 10 de la mañana, ya recibíamos llamadas de las compañeras palestinas preguntando cómo estábamos, qué necesitamos. Eso aclaró que seguimos juntas en eso. Una de las mujeres me dijo: “Si no estamos juntas ahora, ¿Cuándo?”. Se fortaleció el pacto que ya teníamos.
Las mujeres, al igual que toda la sociedad israelí, estaban en estado de shock y de desconfianza. Por otro lado, las árabes israelíes se sentían perseguidas, pero aun así, empezaron lentamente a juntarse de nuevo y a seguir adelante. Algunos nos llaman ingenuas, dicen que nunca vamos a cambiar nada, pero ahí seguimos y si bien no cambiamos la realidad, es un aporte para que la gente vea que hay muchos matices.
Tanto en España como en muchos países las organizaciones de derechos humanos y las activistas feministas les dieron la espalda a las mujeres israelíes. Así que los eventos en los cuales participamos en todo el mundo son fundamentales, estuvimos con mujeres que luchan por los derechos humanos que no se habían pronunciado en su momento y la escucha fue impresionante. A mí eso me confirma que no hay como contar historias en primera persona. Cuando la mujer palestina cuenta lo que le pasa a ella y con su hijo, y cuando las israelíes cuentan de sus hijos en el ejército y salen juntas, y lo cuentan una al lado de la otra, es lo más impactante.
Creo que la paz se construye en el metro cuadrado que uno vive, luego hay que sumar todos los metros cuadrados. En estos tiempos es difícil imaginar la paz, para algunos es difícil hasta nombrarla, pero la alternativa es guerra, y ya sabemos que esa no es una buena opción. Lo importante, que suena más fácil de lo que realmente es, es no ser ni pro Israel ni pro Palestina, sino pro paz.





