Pablo Sánchez Domínguez, “El arte judío ha existido en España desde los inicios de lo que llamamos España y hasta hoy”.

Pablo Sánchez Domínguez
Pablo Sánchez Domínguez

Pablo Sánchez nació en Cádiz y creció en Sevilla. Sus estudios universitarios incluyen arte plástico, historia del arte y cine, y lleva años investigando sobre el arte y sefardí sefardí. Forma parte del personal del Museo del Prado y sus investigaciones también lo han llevado a publicar el libro “Origen y gramática del romance andalusí”, y a dar numerosas ponencias y estar involucrado en otros proyectos.

Sonia Delaunay, Simultaneous Contrasts, 1913 (Museo Thyssen-Bornemisza, Spain
Sonia Delaunay, Simultaneous Contrasts, 1913 (Museo Thyssen-Bornemisza, Spain

A: Cuéntanos sobre tu historia personal, tu origen sefardí.

P: Yo vengo de familia ceutí. Mi abuelo era descendiente de la baja nobleza castellana, militar del régimen. Se enamoró de una sefardí, descendiente de los judíos expulsados de España. En mi casa no se hablaba del tema, así que no tengo forma de rastrear más allá de mis bisabuelos. Ellos ya estaban en Ceuta, quizá provenían de Marruecos, pero no lo sabemos con certeza. Yo estaba muy unido a mi abuela, así que mi conexión con lo judío viene por la familia materna.

A: ¿En tu familia mantenían una vida judía?

P: Sí, pero de forma discreta. En casa se observaba el Shabat pero no le llamábamos así, no tenía nombre. De chico me suponía un problema, si había una excursión en sábado, yo no podía ir, pero nadie me explicaba por qué. Me habría sido más fácil si le hubieran puesto un nombre.

Mi padre era militar, vivíamos en un barrio militar. Con el tiempo comprendí esa prudencia, sobre todo en aquellos años del franquismo.

A: ¿Cuándo empezaste a entenderlo?

P: Ya en la facultad, conocí a dos chicos judíos de origen ashkenazí, norteamericanos, que estudiaban en Sevilla. Ahí empecé a unir las piezas. En la adolescencia intuía cosas, pero ponerle nombre a todo llegó en la universidad.

A: Te conocemos por una serie de visitas guiadas y charlas que has ofrecido en el Centro Sefarad Israel sobre las huellas judías en el arte en España. ¿Algo de esos temas se menciona en las carreras de historia del arte y cine?

P: Nada. Cero. Sonia Delaunay, por ejemplo, era una pintora y diseñadora fundamental para entender la cultura española contemporánea, y no se estudia. Estudié a su marido Robert Delaunay, pero no a Sonia. La ignoran por completo.

Del arte judío en España sólo se mencionan sinagogas de forma anecdótica: “Aquí hubo judíos, hicieron cosas y se fueron”. No hay contexto. No explican la relación estilística con el arte cristiano o musulmán. Como si fueran un meteorito caído del cielo.

Nadie te lo dice, pero el arte judío ha existido en España desde los inicios de lo que llamamos España y ha seguido existiendo hasta hoy.

A: ¿Dónde se ve reflejado eso?

P: Lo interesante es que había un lenguaje estético compartido. Dos ejemplos importantes son la sinagoga de Toledo, que se encuentra en territorio cristiano, pagada por un judío y construida por musulmanes. El otro es el Alcázar de Sevilla, pagado por un cristiano, levantado por un judío, en estilo musulmán.

No se puede hablar de “arte cristiano”, “arte musulmán” o “arte judío” en España. Había una conciencia cultural compartida. Incluso en momentos de persecuciones o conquistas, el lenguaje artístico seguía siendo común. El arte es cómo vemos el mundo, y el hecho que las tres religiones compartieran esa visión me parece profundamente reconfortante.

A: Después de esa convivencia compartida llegó la expulsión. ¿Qué sucedió en el arte y la arquitectura a partir de ese momento?

P: Oficialmente desaparecieron los judíos, pero ahí seguían los criptojudíos. En el Museo de Jerusalén hay un recuento por siglos, según el cual en España, tras la expulsión, siguen apareciendo unos 4 mil judíos. Invisibles, pero ahí estaban. España no se quedó sin judíos.

En el arte vemos la asimilación absoluta. Los judíos trabajan para la Iglesia en lenguaje cristiano sin dejar rastro. Pero eso ya sucedía antes, había pintores judíos haciendo retablos cristianos. Lo que cambia es el contexto, no el arte.

Poco después de la expulsión se llevó a cabo el Concilio de Trento, que es lo que cambia todo. Antes se representaban santos, la familia sagrada, la crucifixión. A partir de ese momento se representan escenas del Tanaj, pero reinterpretadas cristianamente, por ejemplo se pinta el sueño de Jacob, como premonición cristiana, no como un relato de los patriarcas del pueblo judío. Eso es lo paradójico, aparecen más escenas judías cuando ya no hay judíos abiertamente.

Antoniazzo Romano. Museo del Prado.
Antoniazzo Romano. Museo del Prado.

A: De los cuadros que podemos ver en el Museo del Prado, danos algún ejemplo en el cual podemos ver eso.

P: El cuadro de Rafael La Sagrada Familia con San Juan. El niño Jesús está pisando una talit. Hoy pasa desapercibido, pero en su época todo el mundo entendía el mensaje: el cristianismo nace del judaísmo, pero lo supera, lo pisa.

Otro ejemplo fascinante es el del sacerdote Antoniazzo Romano, converso cuya madre fue quemada por judía. Él huyó a Italia, consiguió protección papal y envió a España una obra inspirada en el altar del Papa como salvoconducto. Era un mensaje claro para la Inquisición: “Estoy protegido”

A: ¿En qué momento volvieron los judíos a expresarse artísticamente en España?

R: En el siglo XX, y curiosamente no desde la pintura, sino desde el cine. Los sefardíes quedaron en segundo plano; quienes tomaron la batuta fueron los ashkenazíes. El director más importante del régimen franquista fue Ladislao Vajda, judío húngaro. Su película más famosa fue Marcelino pan y vino. El libro original era muy antisemita, y él eliminó toda esa parte.

Luego tenemos a Samuel Bronston, el productor judío que levantó la industria de superproducciones en España. Su sueño era hacer una película sobre Isabel la Católica. Hay una película reciente, La reina de España, que hace un homenaje a esa historia. Mandy Patinkin interpreta a un productor judío que en algún momento dice: “¿Qué hacemos dos judíos en España rodando una película sobre Isabel la Católica?”. 

A: Volviendo al arte plástico, ¿qué podemos encontrar en los museos madrileños

P: Desde el punto de vista judío, poco… El Museo Thyssen es el que más obras de artistas judíos tiene, pero no se menciona su judeidad, y son artistas que no se pueden entender sin mirar su identidad judía. Ni Chagall, ni Rothko, ni Modigliani, ni Delaunay.

Museológicamente se considera que ser judío no es determinante en la obra, y no hay historiadores del arte judíos en España, o los pocos que hay, no lo dicen.

El Prado, cuando intenta ser inclusivo, sigue usando la narrativa hegemónica, diciendo que muestra “cómo los cristianos veían a los judíos”, nunca diría “cómo era el arte judío”.

Amedeo Modigliani - Jacques and Berthe Lipchitz - Google Art Project
Amedeo Modigliani - Jacques and Berthe Lipchitz - Google Art Project

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