REHÉN: La necesidad de vivir

Todo buen lector cuenta entre sus lecturas con libros que una vez terminados se cierran para quedar como vagos recuerdos en una estantería. Acompañamientos momentáneos por un tiempo, con distinta calidad literaria, pero sin un poso o un trasfondo que dignifique al autor y su obra. Por el contrario, hay libros que te acompañarán por mucho tiempo, unos por su maravillosa prosa, otros por conseguir despertar en el lector diferentes emociones, sensaciones y pasiones, otros por plantear puntos de vista que permiten aflorar dudas, reflexiones e incluso incómodas preguntas. 

Rehén es uno de estos libros.

Eli Sharabi no es un escritor, vaya por delante, así que el lector que se acerque a su obra no espere encontrar a un nuevo Amos Oz, capaz de tomar recuerdos, diferentes episodios de su vida y crear empáticos personajes a través de los cuales vivirlos de forma novelada con una trabajada exquisitez literaria. La técnica de Sharabi es dura, primitiva, podríamos decir sin que el término sea usado de forma peyorativa que tosca, poco cuidada en su ritmo narrativo y con un abuso en el uso de los diálogos, que si bien en ocasiones se les pudiera notar ficcionados en cambio en otras sirven para conseguir una mayor comprensión de la situación o profundizar en el conocimiento de las personas reales involucradas. Algún lector que se acerque a la obra buscando erudición, podría atreverse a pensar que es una obra autoeditada por un autor novel sin un corrector detrás de ella, y seguramente son sensaciones correctas, pero que en cambio consiguen hacer de ella una obra veraz, directa, empática, arrebatadora, sencillamente sublime, pero sobre todo necesaria.

Prácticamente todo aquel que, hoy en día en el año 2026, tenga enfrente el libro de Eli Sharabi ya conoce su historia y cuál será el final, no espera encontrarse con un sorpresivo giro de guión en sus últimos capítulos, y seguro sospecha que en su interior se le presentará dolor, desesperanza, penurias, tristeza, incomprensión y muchas otras sensaciones con las que es posible no quiera enfrentarse. Es cierto, no se puede negar que todas ellas me han acompañado en distintos momentos mientras devoraba el libro, pero reflexionando sobre mi lectura, lo que más poso me ha dejado es la fortaleza, necesidad de vivir, esperanza, amor por la vida y un fuerte significado del término Pueblo. Esa es la maravilla que nos regala Eli con su obra.

"Lo que más poso me ha dejado es la fortaleza, necesidad de vivir, esperanza, amor por la vida y un fuerte significado del término Pueblo. Esa es la maravilla que nos regala Eli con su obra."

A modo de planteamiento, nudo y desenlace, la línea narrativa que todo estudiante de escritura aprende o debería aprender antes de enfrentarse a una hoja en blanco, la obra presenta tres claros bloques, dejando algún capítulo para a modo de retrospectiva presentar ideas y experiencias generales sobre la vida del autor previa al cautiverio o durante el mismo.

Durante los primeros capítulos nos relata su experiencia el 7 de octubre, y recalco que es su experiencia, de un modo directo, rápido, sin dar explicaciones de las que carecía en ese momento – nosotros como lectores ya años después de ese aciago día podemos hacer trampas, completando lagunas y respondiendo a las preguntas que el propio Eli se hacía ese día, pero aconsejo ser comedido y dejarse guiar por el narrador – y no permite concesiones, te atrapa desde el primer momento y consigues estar presente en ese sinsentido, te sabe transmitir la impotencia, el miedo, la incomprensión, pasando de una esperanza a que todo tenga un buen final a la desesperanza, y cuando la barbarie aleja a Eli de su familia también algo ha dejado el lector atrás.

En el grueso del libro, Eli narra los 491 días de cautiverio tanto en casas de civiles, mezquitas, en distintos túneles más o menos habitables, así como su relación con los captores y sus compañeros de penurias. Es en esta parte en la que el autor permite al lector descubrir el ser humano que tiene en su interior. Como he indicado describe sus penurias, el sufrimiento, los maltratos físicos y psicológicos, el hambre, la suciedad, las infecciones, el desgaste corporal al que sus captores lo llevaron, pero también los humaniza, no los perdona, no los entiende, no simpatiza con ellos, refleja su maldad y en ocasiones su bondad, y los muestra al lector como una fuerza contra la que uno si quiere mantener su humanidad no se puede rendir, ante la que debe luchar para seguir viviendo un día más. Pero Eli no quiere vivir un día más por si mismo, lo quiere hacer por su familia a la que cree está esperándolo y luchando por su pronta liberación, por sus compañeros de reclusión que lo necesitan para mantenerse enteros y unidos y por todo su Pueblo del que sabe, más allá de las mentiras de sus captores, está esperando su regreso.

Cuando por fin llegas a los últimos capítulos y se aproxima el desenlace de la liberación, es sencillamente sobrecogedor. Sabes que Eli se debe enterar, o puedo decir que confirmar, del final de su mujer y sus hijas – no entra en detalles y lo agradeces, no es necesario – pero vuelca en su escritura sus sentimientos y su proceso de aceptación, y es en este último bloque en el que ese estilo de escritura directa, dura, que sale del fondo de su corazón, atrapará al lector y hará que aflore una empatía imposible de controlar hacia el autor.

Eli Sharabi, 2025, foto por Benjamin Hall
Eli Sharabi, 2025, foto por Benjamin Hall

El pasado mes de junio tuve la inmensa suerte de escuchar a Sharabi presentando su libro en la sinagoga Bet Yaakov de Madrid. Impacta como alguien que en su interior debe albergar tanto sufrimiento por lo perdido y seguramente desesperación, observando cómo el mundo que nos rodea prefiere jalear el salvajismo y volver a señalar al damnificado, en cambio es un hombre sereno, de habla pausada, tranquila, amable, pacífica. Alguien a quien podrías pasar horas escuchando y aprendiendo el verdadero significado de lo que es un Ser Humano.

Eli Sharabi nos regala un libro de esperanza, de lucha, profundo, veraz, escrito desde lo más profundo de su ser, que permite reflexionar sobre porqué cuando incluso piensas que no te queda nada en la vida ya que el mal y la barbarie te han arrebatado todo e incluso tu dignidad humana, tu deber moral es levantarte. Por ayudar a tus compañeros de reclusión, por honrar el recuerdo de tus seres queridos e incluso por tu Pueblo.

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