Cuando las velas de Shabat vuelven a encenderse

Con el libro en las manos, frente a la sinagoga “Espace Hameiri” de Perpiñán
Con el libro en las manos, frente a la sinagoga “Espace Hameiri” de Perpiñán

Recientemente, durante mi último viaje a Perpiñán leí el libro ”Les Juifs des anciens comtés de Roussillon et de Cerdagne”, y su lectura me descubrió una realidad que, aunque forma parte de la historia de este territorio, me resultaba sorprendentemente desconocida. Sabía que en Perpiñán y Puigcerdà había habido comunidades judías, pero no había imaginado hasta qué punto estas comunidades habían sido tan ricas, activas y, sobre todo, tan culturalmente vivas.

Lo que más me impresionó no fue sólo su presencia, sino la importancia que tenía en ellas el conocimiento. En los siglos XIII y XIV, las juderías de Perpiñán y Puigcerdà, así como otras juderías de menor tamaño del Rosellón y la Cerdaña, eran espacios donde se comerciaba, se trabajaba, se discutía y, sobre todo, se estudiaba. Las sinagogas no eran únicamente lugares de oración, sino también espacios de aprendizaje y transmisión. Circulaban libros, montones de libros, se estudiaban textos religiosos y jurídicos y existía una cultura del estudio que sorprende cuando pensamos en la imagen que solemos tener de la sociedad medieval.

Quizá lo que más me hizo reflexionar fue imaginar aquellas familias judías con libros en sus casas, estudiando hebreo y leyendo juntos los textos sagrados. Me resulta fascinante pensar en el nivel intelectual y cultural que revela una vida cotidiana en la que el estudio y el conocimiento ocupaban un lugar tan importante. Hoy vivimos rodeados de textos e información hasta el punto de que casi no somos conscientes del privilegio que supone tener acceso al conocimiento. Pero en aquella época un libro era un objeto valioso, difícil de obtener y de transmitir. Que una familia pudiera disponer de libros, que estos libros circularan entre estudiosos y que el conocimiento formara parte de la vida cotidiana de una comunidad dice mucho de su vitalidad intelectual. Aquellas personas no vivían simplemente al margen de la sociedad que las rodeaba; formaban parte activa de las ciudades en las que vivían, comerciaban, ejercían profesiones, establecían relaciones y contribuían económica y culturalmente a ellas. La historia de Perpiñán y de Puigcerdà es también, por tanto, historia judía, la nuestra.

Esta constatación hace aún más doloroso el final de aquella presencia. La expulsión de los judíos de la península Ibérica y las persecuciones que la precedieron no significaron únicamente que unas familias tuvieran que abandonar sus casas. Cuando una comunidad es expulsada, desaparece una parte del mundo que ha construido durante generaciones. Desaparecen familias, comercios, instituciones, escuelas, bibliotecas, tradiciones y formas de vida. Desaparece una determinada manera de habitar la ciudad. Y, con el tiempo, también desaparece de la memoria colectiva la conciencia de que aquella comunidad había existido.

Esto es probablemente lo que más me ha impactado de este libro: descubrir que las comunidades judías de Perpiñán, Puigcerdà, el Rosellón y la Cerdaña no fueron una presencia accidental ni una nota al margen de la historia, sino una parte esencial de la vida y de la identidad de estos territorios. Eran vecinos de estas ciudades. Allí habían nacido generaciones de personas, allí habían trabajado, habían educado a sus hijos, habían construido sus casas y habían enterrado a sus muertos. Cuando tuvieron que marcharse, no solo perdieron ellos una tierra; la tierra también perdió una parte de sí misma.

Durante mucho tiempo hemos tendido a explicar la historia de los judíos como una historia que pertenece a un pasado lejano, casi separado de nosotros. Pero quizá deberíamos mirarla de otra manera. Cuando hablamos de los judíos que vivieron en Perpiñán, en Puigcerdà o en otras poblaciones del territorio, no deberíamos hablar simplemente de una comunidad que “pasó por aquí”. Deberíamos hablar de una comunidad que formó parte de aquí. Sus calles, sus casas, sus sinagogas y sus libros pertenecen también a la historia de este país. Y esto hace que su desaparición no sea únicamente una tragedia que les afectó a ellos, sino también una pérdida para la sociedad que los vio marcharse.

Por eso me parece especialmente significativo que, en 2018, Perpiñán inaugurara una nueva sinagoga después de casi quinientos años. Es difícil no ver en este hecho algo más que la simple construcción de un edificio religioso. Una sinagoga vuelve a existir en una ciudad que durante siglos había vivido sin una comunidad judía organizada. Vuelven a celebrarse festividades, vuelve a haber estudio, oración y vida comunitaria. No es, evidentemente, la misma comunidad que existía en la Edad Media, ni se puede pretender reconstruir aquello que la historia destruyó. Pero hay algo profundamente simbólico en el hecho de que, después de tantos siglos, el judaísmo vuelva a tener un espacio visible y vivo en Perpiñán.

Me gusta pensar en este retorno como una forma de reconciliación con la propia historia. No porque las generaciones actuales sean responsables de los actos de quienes expulsaron a los judíos hace siglos, sino porque cada sociedad decide, en cierto modo, qué quiere recordar de sí misma. Una ciudad puede dejar que una parte de su historia desaparezca de la memoria, o puede recuperarla y reconocerla como propia. Cuando una sinagoga vuelve a abrir sus puertas, puede leerse también como una manera de decir: esta historia nos pertenece; estas personas también forman parte de la historia de esta ciudad.

Hoy, en los Pirineos Orientales, vuelve a vivir una comunidad judía, formada por cientos de familias. No es necesario que exista una continuidad familiar directa con los judíos medievales para que este retorno tenga significado. La historia no funciona únicamente a través de la sangre o de los apellidos. También funciona a través de la memoria, de las tradiciones y de los lugares. Una ciudad puede volver a acoger una tradición que un día había sido expulsada de ella. Puede volver a escuchar sus oraciones, a ver sus rituales y a compartir con esta comunidad una vida cotidiana que, de una manera u otra, ya había existido allí durante siglos.

Y quizá es precisamente aquí donde la idea de retorno adquiere todo su sentido. Volver no significa recuperar exactamente el mundo que existía antes. No podemos recuperar las casas medievales, las familias que desaparecieron ni los libros que se perdieron. Tampoco podemos reconstruir la vida tal como era en el siglo XIV. El retorno es otra cosa: es la posibilidad de que una presencia interrumpida vuelva a existir. Es permitir que una comunidad pueda volver a vivir, estudiar, rezar y celebrar en un lugar donde sus antepasados habían hecho exactamente eso.

Por eso hay una imagen que me resulta especialmente poderosa: la de las velas del Shabat.

Imagino a una familia judía en Perpiñán, hoy, cuando llega el viernes por la tarde. La casa queda en silencio y alguien enciende las velas. Es un gesto íntimo, familiar y cotidiano. Pero, al mismo tiempo, es imposible no pensar que ese mismo gesto fue realizado muchas veces en esta misma tierra hace cientos de años. Alguien, en alguna casa de la judería de Perpiñán o de Puigcerdà, también encendió las velas cuando llegaba el Shabat. Alguien bendijo a sus hijos, se sentó a la mesa con su familia y abrió un libro que quizá había pasado de padres a hijos. Después, la historia interrumpió aquella vida.

Ahora, cinco siglos más tarde, las velas vuelven a encenderse.

No son las mismas velas, ni las mismas casas, ni las mismas familias. Pero el gesto continúa. Y quizá haya una forma de victoria de la memoria en esta continuidad. Porque hay cosas que pueden ser expulsadas de un territorio, pero que no necesariamente tienen que desaparecer de él para siempre.

Me gustaría que algún día pudiéramos hablar de este retorno con absoluta normalidad. Que una familia judía que vive en Perpiñán no sea vista como alguien que ha venido de fuera, sino como una familia que forma parte, una vez más, de la vida de aquella ciudad. Que pueda estudiar, trabajar, abrir una tienda, llevar a sus hijos a la escuela e ir a la sinagoga sin tener que justificar su presencia. Y que, cuando llegue el Shabat, pueda encender las velas simplemente porque es su tradición, sin miedo a ser criticada, señalada o perseguida.

Porque no podemos devolver a los judíos expulsados sus casas, sus libros ni sus vidas. Pero sí podemos recordar que aquellas casas también eran suyas, que aquellos libros también forman parte de nuestro patrimonio y que aquellas vidas también forman parte de nuestra historia.

Y quizá, cuando las velas del Shabat vuelvan a encenderse en Perpiñán, no solo estaremos contemplando el retorno de una comunidad. Estaremos viendo cómo una ciudad recupera una parte de su propia memoria.

Una luz pequeña, en definitiva, pero suficiente para recordarnos que la historia no siempre desaparece. A veces solo espera que alguien vuelva a prender las velas.

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