Concha Pérez Rojas nació en Cartagena (Murcia). Su padre era de Mazarrón, y ahí es donde pasó su infancia. Su madre era de Sevilla, y allí fue a estudiar en la universidad, en primer lugar la carrera de Periodismo y, a continuación, un doctorado sobre Literatura y Comunicación, que culminó en su tesis sobre creación literaria y psicosis en el poeta Leopoldo María Panero. Llevó a cabo otros estudios e investigaciones, trabajó y colaboró con distintos medios de comunicación y, desde hace casi 20 años, vive en Granada, donde es profesora de ciclos formativos en la rama del audiovisual.
Ha participado en numerosos cursos para docentes organizados por Yad Vashem sobre la enseñanza de la Shoá y ha publicado libros que fluyen entre la narrativa y la poesía: Ukraína, Yo no estuve en Auschwitz, y el más reciente Las manos de José. Todos editados por Huerga y Fierro.
Si te pregunto de dónde eres ¿qué respondes?
Lo cierto es que no siento un verdadero arraigo hacia ninguno de los lugares en los que he vivido. No siento ese vínculo que mucha gente siente con la tierra. Pero, curiosamente, siempre me despertaron una conexión especial Polonia e Israel. Nunca viví en estos lugares y, de hecho, en Israel lo máximo que estuve fueron períodos de cerca de un mes. Creo que el vínculo, más que físico o territorial, es emocional, y el origen de esta emoción muchas veces ni lo llegamos a entender. Tampoco implica haber vivido o llegar a vivir en esos lugares; es más como un reconocimiento del alma.
Para mí el judaísmo era y es, más allá de lo estrictamente religioso, un modo de vida, una filosofía y, sobre todo, el sentimiento de pertenencia a un pueblo, el saber que perteneces ahí y no tener la menor duda sobre ello.
Al principio investigaste temas no relacionados con el judaísmo ¿qué te atraía?
Siempre me interesó mucho el tema de la creación literaria, a la par que la locura, la psicosis, la vivencia del límite en el ser humano: qué es lo que al ser humano lo pone en el lugar del límite y cómo afronta eso, de qué manera acomete esa vivencia. Me doy cuenta de que es algo que tienen en común todos estos frentes que he ido abriendo en mi vida y todas las investigaciones. Desde muy pequeña, me interesaba la psiquiatría y me gustaba escribir. Escribí mi trabajo de investigación de doctorado sobre Nietzsche y me encantaba su filosofía pero, sobre todo, su vida. Había sido un solitario y un humanista, sabiendo que, por encima de todo, estaba la creación de su obra, que luego sería tan malinterpretada por muchos que lo vincularon al nazismo, algo que está lejísimos de su filosofía. A mí me interesaba su herencia emocional e intelectual, y cómo él afrontaba esa creación de la obra a costa de su propia vida y de su cordura.
Para mi tesis doctoral, cambié de rumbo ‒o no tanto‒ y me centré en la figura de Leopoldo María Panero, el poeta español que pasó toda la vida en cárceles y manicomios. En aquel tiempo, estaba todavía vivo y me parecía también un caso interesante: un poeta que nace en una familia de intelectuales, de poetas, y aparece como el hijo rebelde, provocador, que buscaba el malditismo y, al mismo tiempo, se quejaba de que lo consideraran un poeta maldito. Pude hablar con él, entrevistarlo, compartir algunos días con él, y a mí me pareció un tipo enorme y tierno, de una vulnerabilidad y una necesidad de los demás pavorosas. Yo quería ilustrar ese vínculo con la creación, no como un acto de voluntad, sino como un acto de urgencia, de necesidad. Es una expresión de crisis, más que una terapia, esa necesidad de simbolizar. Uno puede estar mal y, probablemente, el que escriba o pinte cuadros no significa que vaya a estar bien; pero, probablemente, si no lo hiciera, estaría aún peor.
¿Cómo llegaste al judaísmo?
En el año 2001, conocí a un chico, judío uruguayo, y fue también por aquel tiempo cuando empecé a investigar sobre el posible origen judío de mis apellidos, algo que no podría confirmar pero que me llevó a leer mucha literatura judía. A lo largo de los años, mi interés se fue desarrollando, hasta llegar a hacer la conversión en el año 2013. Para alguien que, como yo, siempre se había considerado atea, no dejaba de ser chocante. Sin embargo, para mí el judaísmo era y es, más allá de lo estrictamente religioso, un modo de vida, una filosofía y, sobre todo, el sentimiento de pertenencia a un pueblo, el saber que perteneces ahí y no tener la menor duda sobre ello. Probablemente haya un origen judío familiar, pero diría que confirmarlo o no es algo secundario. Mi proceso de guiur fue, además de sincero y legítimo, un acto de justicia histórica. Siempre dije que, si un cristiano me preguntara si creo en Dios, le diría que no; mientras que, si me lo preguntara un judío, le diría que sí. La explicación es que, como decía aquel amigo uruguayo, el debate es puramente conceptual. Cuando el judío dice “Dios”, el referente es otro, y para mí es un referente que, desde mi escepticismo radical, puedo llegar a aceptar. En fin, creo que es complicado entenderlo y no es algo que, a día de hoy, me preocupe demasiado. Soy judía, y lo fui desde mucho antes de oficializarlo con un certificado, de eso no tengo la menor duda.
Eso es lo que me interesa: cómo el ser humano, ante una situación así, ante lo más terrible que le puede pasar, necesita expresarlo, no sólo por dar testimonio y por justicia, sino también por la necesidad de sacarlo fuera y, de alguna manera, exorcizarlo.
¿Y cómo llegó el judaísmo a tu vida profesional?
En el 2011 fui al primer curso de Yad Vashem, de iniciación a la investigación y la pedagogía de la Shoá. Ahí me encontré con algo que iba mucho más allá de lo puramente académico; sentí ese vínculo con el judaísmo, y empecé a entender muchas cosas, a ubicar las piezas de mi propia vida. Al mismo tiempo, pienso que no estaba tan lejos de lo que yo ya venía investigando y que me interesó siempre. Después de todo, estamos hablando de la experiencia del límite, de lo que el ser humano puede llegar a vivir y de cómo afronta eso.
Por eso, a mí, que no soy historiadora, me interesa explorar la creación que se ha desarrollado a partir de ahí. Las víctimas que lo vivieron necesitaron el arrojo para contarlo. Al contrario de lo que se piensa hoy ‒que los judíos están muy interesados en hablar de la Shoá para mostrarse como víctimas‒, muchos supervivientes, como Elie Wiesel y Primo Levi, tardaron mucho en poder hablar de lo que habían vivido, y la mayoría nunca llegó a hacerlo. Primo Levi explicaba que tenía una pesadilla recurrente durante sus años en Auschwitz: soñaba que, cuando acabara la guerra, si seguía vivo, intentaba contar lo que había vivido y nadie lo creía. Eso es lo que me interesa: cómo el ser humano, ante una situación así, ante lo más terrible que le puede pasar, necesita expresarlo, no sólo por dar testimonio y por justicia, sino también por la necesidad de sacarlo fuera y, de alguna manera, exorcizarlo.
¿Cuándo empezaste tú a expresar por escrito lo que has visto en tus viajes a los campos?
El origen de la escritura, en general, lo recuerdo casi en el origen de mi vida, no lo puedo separar; la escritura ha estado ahí siempre. Pero la publicación de libros, más allá de lo académico, empezó con los libros que había escrito sobre Shoá. Primero se publicó Ukraína, en el año 2022. Coincidió con la guerra actual en Ucrania, pero no tenía nada que ver: empecé a escribirlo después de un viaje a Ucrania de investigación sobre la Shoá en el año 2017, y lo continué durante los años posteriores. En 2024, salió Yo no estuve en Auschwitz, que reúne textos escritos mucho antes, entre 2012 y 2016.
Los viajes a Polonia y a Ucrania ¿Cómo te impactan?
Además de los cursos de Yad Vashem en Israel, estuve en algunos viajes de estudios con ellos, por ejemplo el más reciente fue a Salónica sobre los sefardíes en la Shoá y participé en varios viajes organizados por Mario Sinay (historiador que había sido responsable del Departamento de Habla Hispana en la Escuela Internacional para el Estudio del Holocausto, en Yad Vashem).
Sinay organizaba viajes formativos y yo fui a varios, el primero a los Países Bálticos, donde escribí la primera parte del poemario Yo no estuve en Auschwitz. Son poemas que nacían de una necesidad elemental: se trataba de lo que estaba viviendo y yo misma necesitaba procesar. Lo escribí estando ahí, en los viajes en bus, en los ratos libres. Tenía que plasmar por escrito lo que acababa de ver y que me tenía profundamente impactada.
Yo no me había atrevido nunca a ir a Auschwitz, me daba muchísimo miedo. Había leído mucho y pensaba que me iba a pasar algo estando ahí, en un lugar que es el paradigma del mal. En el año 2015, hice finalmente una breve visita al campo con un amigo israelí, y, unos meses más tarde, una ruta por los lugares de la Shoá en Polonia ‒incluido Auschwitz‒ con Mario Sinay. Me sorprendió que, pese a lo terrible que había sido, hoy día cueste imaginarlo; hoy Auschwitz es un museo, y más parece un parque temático, invadido por hordas de turistas, que en muchos casos frivolizan sin el menor pudor. Recuerdo, en una de aquellas visitas, a un grupo de tunos, tocando y cantando por el campo; es una imagen que no puedo olvidar.
¿Cómo incorporas la enseñanza de la Shoá en tu día a día?
No soy profesora de historia, pero incorporo el tema en los ciclos formativos de imagen y sonido, en el estudio de los medios de comunicación y la propaganda. La Shoá es el ejemplo imprescindible para explicar cómo la manipulación mediática puede moldear sociedades enteras y desencadenar violencia masiva. Hablo del nacimiento de los medios de masas, la propaganda del siglo XX y los mecanismos de manipulación ideológica. También trabajo con material audiovisual, como el falso documental nazi sobre el gueto de Varsovia, para mostrar cómo se construyen narrativas visuales y cómo se instrumentalizan políticamente.
Cada vez que menciono palabras como “judío”, “Holocausto” o “Israel”, surgen reacciones automáticas basadas en ideas preconcebidas: acusaciones, comparaciones simplistas, o referencias a teorías conspirativas al más puro estilo de los “Protocolos de los Sabios de Sion”. Esto nos revela un desconocimiento profundo y una vulnerabilidad frente a la propaganda contemporánea. Pero he vivido momentos en los que la enseñanza transforma la percepción de los estudiantes. Algunos, tras ver y analizar los materiales, comprenden que la Shoá no es un asunto “de judíos”, sino un tema universal que interpela a cualquiera. Incluso he tenido alumnos palestinos, al principio reticentes, que terminaban entendiendo el valor de estudiar el Holocausto como fenómeno humano y no como arma política. También he visto cómo estudiantes que llegaban con ideas distorsionadas sobre Israel reconsideraban sus posiciones al confrontarlas con otras experiencias.
Para mí, enseñar la Shoá es un acto de responsabilidad ética: una forma de combatir la ignorancia, desmontar prejuicios y mostrar cómo la propaganda, ayer y hoy, puede deshumanizar y destruir. Cada conversación que abre una grieta en la desinformación ya es una victoria.





