El Cádiz judío: Entre la arqueología y la oralidad

Si existe una ciudad española excepcionalmente judía, esa es Cádiz. Y lo es en todos los sentidos, sobre todo en el de «excepción». España es un país fascinado por los judíos muertos, pero con un interés más que limitado por los judíos vivos. Mantiene, además, una atención casi obsesiva por todo lo que sucede en Israel, al mismo tiempo que presta una atención muy escasa a la vida judía española.

Por eso puede resultar difícil entender que en España se promocionen juderías, rutas y centros de interpretación dedicados a la vida judía medieval mientras se organizan campañas de boicot contra ciclos de cine israelí. La contradicción se explica, en parte, porque se ha producido una disociación entre lo sefardí y lo judío: el pasado sefardí se contempla como patrimonio histórico, mientras que la judeidad contemporánea se percibe como una realidad distinta, exterior y ajena a lo español.

El pasado judío está mitificado, estudiado y congelado en una vitrina. Puede ser admirado, llorado o reivindicado sin comprometer a la sociedad actual ni obligarla a relacionarse con una comunidad judía real. El judío medieval no plantea preguntas ni incomoda a la España de hoy. No tiene una vida política contemporánea, no participa en una universidad española, no publica un libro, no rueda una película ni forma parte del barrio en el que vive el espectador. Es una figura cómoda.

Una persona puede interesarse por la judería medieval de Córdoba y, sin embargo, no saber —ni tener demasiado interés en saber— que existen judíos viviendo actualmente en la ciudad. Es el turista que visita la sinagoga de Toledo mientras ignora convenientemente que, cerca de allí, siguen existiendo kehilot. Lo judío o es cosa del pasado o es cosa del extranjero.

En esto Cádiz se sale por la tangente.

Para empezar, porque sobre el pasado judío de la ciudad hay más leyenda que certezas arqueológicas. Una antigua tradición sostiene que los primeros judíos habrían llegado a la península en naves comerciales fenicias y que Cádiz pudo ser uno de sus primeros puntos de desembarco. ¿Lo sabemos con certeza? No. No existe evidencia que permita afirmarlo. Pero eso no ha impedido que la idea forme parte del imaginario gaditano.

La tradición de una primigenia presencia judía en Cádiz se ha asociado naturalmente al gran mito fundacional de la ciudad: el fenicio. El revival judío gaditano funciona, por tanto, como una especie de nota al pie del verdadero relato de origen de Cádiz. El fenicio ocupa el centro del escenario; el judío aparece como actor secundario. Pero aparece.

Y eso ya constituye una peculiaridad. Cádiz ha incorporado a su imaginario la idea de haber sido uno de los primeros lugares de presencia hebrea en España. Que la arqueología no pueda demostrarlo es, en Cádiz, lo de menos.

Otra peculiaridad es que Cádiz apenas conserva rasgos de la ciudad medieval y mucho menos una judería identificable. Que el barrio de Santa María fuera el principal asentamiento de la aljama —más que una judería delimitada en el sentido que hoy damos al término— es una hipótesis plausible, pero no existe confirmación arqueológica o documental suficiente para convertirla en certeza.

¿Ha sido eso un impedimento para llamar a una de sus calles «callejón de la Judería»? En absoluto. La tradición oral ha resultado más resistente que la evidencia arqueológica.

En 2006, el callejón pasó a llamarse Santiago Donday, en homenaje al cantaor gaditano. Pero junto a esta vía quedó al descubierto un solar tras el derrumbe de una vivienda. El solar no volvió a edificarse y acabó incorporándose al imaginario de la ciudad como la sede de la antigua judería.

«Sede», sea lo que sea eso. Porque no se afirma que sea una sinagoga, una yeshivá o un mikvé. Es, simplemente, un derrumbe de una casa en el presunto barrio judío que ha terminado adquiriendo, por asociación, la condición de espacio judío. La denominación ha llegado incluso a institucionalizarse y en Google Maps aparece identificado como «Sede de la Judería»

La sede de la judería
La sede de la judería

Lo interesante no es el solar. Podría haber sucedido con cualquier otro solar del barrio de Santa María. Lo interesante es el mecanismo mediante el cual un lugar sin evidencias materiales acaba convertido en patrimonio por efecto de la tradición.

Es la victoria de la oralidad sobre la arqueología. Cádiz considera que una parte de su identidad es judía y la recupera de una manera espontánea, sin necesidad de una operación institucional de patrimonialización. No hace falta una sinagoga conservada, una inscripción medieval o un yacimiento que certifique la presencia judía. Basta con que la ciudad lo sienta y así lo cuente.

Esta Cádiz judía reinventada aparece también en las supuestas señales que los criptojudíos se habrían lanzado entre ellos.

La Casa del Almirante es el palacio de una importante familia conversa que hizo fortuna con el comercio de Indias. En su fachada hay una ménsula acanalada que la tradición ha convertido en una menorá: supuestamente, un código secreto mediante el cual la familia habría anunciado a otros judíos que aquella era una casa segura.

Palacio del Almirante
Palacio del Almirante

No existe la más mínima prueba de ello. Tampoco resulta demasiado verosímil que un criptojudío perseguido por la Inquisición se dedicara a colocar en la fachada de su casa un símbolo inequívocamente judío para que otros judíos lo reconocieran. Una menorá, precisamente, no es un código secreto: es, literalmente, el símbolo más explícitamente judío que existe.

Lo que hay es una ménsula acanalada, un elemento arquitectónico que puede encontrarse en muchos otros edificios sin necesidad de esconder detrás ningún significado oculto. Cádiz, sin embargo, le ha atribuido un significado criptojudío de manera gratuita y que incluso ha pasado a determinados relatos históricos y divulgativos, entre ellos Hebreos y judíos en la historia de Cádiz, de Fernando Rodríguez Izquierdo.

En 1834 se produce la abolición definitiva de la Inquisición y, en el nuevo contexto liberal, comienza a ser posible la reaparición de una presencia judía contemporánea en España. La Casa Rothschild ya había establecido en 1835 una agencia en Madrid, dirigida por Daniel Weisweiller, mientras las redes sefardíes del norte de África comenzaban a reconectarse físicamente con España.

Cádiz, por su posición portuaria frente al Estrecho, era uno de los lugares naturales para ese reencuentro. Y aquí aparece otra excepcionalidad. En el censo de 1877 figuraban 209 judíos en Cádiz, la mayor concentración de población judía de la España peninsular y algo más de la mitad de todos los judíos censados entonces en España.

Vida judía en el siglo XIX
Vida judía en el siglo XIX

No se trataba todavía de una comunidad institucional consolidada. La presencia estaba estrechamente relacionada con las redes comerciales y familiares que unían Cádiz con las comunidades sefardíes del norte de Marruecos, especialmente Tetuán.

Aquí encontramos una nueva forma de excepcionalidad. Decíamos que en España no interesan demasiado los judíos vivos, salvo en el caso de Cádiz.

El Archivo Histórico Provincial de Cádiz conserva documentación administrativa española que permite reconstruir aspectos de la presencia sefardí en la ciudad y de las relaciones entre España y las comunidades judías del norte de Marruecos. Entre ella se encuentran los expedientes de alumnos judíos del Instituto Provincial, con certificados de nacimiento, matriculación, estudios, exámenes y otros documentos que permiten seguir las trayectorias de jóvenes procedentes de Tetuán, Tánger, Larache, Ceuta o Melilla.
Incluso encontramos, dentro de esta documentación administrativa, fotografías de la vida judía gaditana

Certificado de escolarizacion de un judio gaditano S. XIX
Certificado de escolarizacion de un judio gaditano S. XIX

La diferencia es importante. No estamos ante un archivo propio de una comunidad judía: estamos ante documentación generada por la Administración española que, precisamente por su carácter burocrático, ha terminado conservando una parte de la historia de aquellos judíos.

Y por si esto fuera poco, en 1847 un gaditano publicó en su propia ciudad la primera historia moderna específicamente dedicada a los judíos de España.

Se llamaba Adolfo de Castro y su libro, Historia de los judíos en España, desde los tiempos de su establecimiento hasta principios del presente siglo, pretendía reconstruir la historia judía peninsular desde la Antigüedad hasta la época moderna.

Hay algo especialmente significativo en ello. No estamos hablando únicamente de una historia de judíos muertos. Castro escribía sobre una historia que comenzaba a tener de nuevo una dimensión contemporánea en España. El objeto de estudio dejaba de pertenecer exclusivamente al pasado remoto para incluir a los judíos contemporáneos. Judíos vivos, a los que Castro veía en las calles todos los días.

Adolfo de Castro, Historia de los Judíos en España
Adolfo de Castro, Historia de los Judíos en España

El culmen de esta especificidad gaditana llega, paradójicamente, con la Shoá.

En Cádiz existe un monumento dedicado a los judíos que lograron escapar de la Europa nazi y salir desde su puerto hacia Haifa en 1944. Mientras que en otras ciudades españolas encontramos memoriales dedicados a las víctimas de la Shoá y a los españoles deportados a los campos nazis, el monumento gaditano recuerda un episodio diferente: no la muerte, sino la vida puesto que está dedicado a los judíos que salieron de Cádiz en 1944. El episodio representa una de esas raras historias de la Shoá cuyo desenlace no fue un campo de exterminio, sino la posibilidad de continuar viviendo.

El monolito no fue construido originalmente para recordar a los judíos. El bloque ya existía desde 1964, durante el franquismo, y había sido levantado para conmemorar los llamados «XXV Años de Paz», es decir, el vigésimo quinto aniversario de la victoria franquista en la Guerra Civil.

En 2013, el antiguo monolito fue resignificado por dos asociaciones judías locales para conmemorar la victoria de esos 550 judíos sobre la muerte.

Es un monumento extraordinariamente discreto. Puede pasar desapercibido para cualquiera que no lo esté buscando y quizá esa discreción sea también bastante gaditana.

Monumento a los judíos que se salvaron en la Shoá
Monumento a los judíos que se salvaron en la Shoá

Cádiz no es una ciudad que se nos venga inmediatamente a la cabeza cuando pensamos en lugares judíos de España. Precisamente en eso reside parte de su interés. Su relación con lo judío no depende de una gran judería monumental, de una sinagoga medieval perfectamente conservada ni de un patrimonio arqueológico incontestable.

En Cádiz, lo judío aparece de otra manera: en una tradición oral, en un solar sin restos arqueológicos, en una ménsula convertida en menorá, en expedientes administrativos, en las redes sefardíes que cruzaban el Estrecho, en un historiador del siglo XIX y hasta en un antiguo monumento franquista transformado décadas después para recordar a quienes consiguieron escapar de la Shoá.

Es una memoria imperfecta. A veces documentada, a veces hipotética y, en ocasiones, directamente inventada. Pero precisamente por eso resulta interesante.

Porque Cádiz representa otra manera de relacionarse con su identidad judía: no sólo como algo anclado en un pasado remoto y encerrado en una vitrina, sino como una identidad que la ciudad ha seguido reconstruyendo, contando y, a veces, imaginando. Una identidad judía que, en Cádiz, no siempre necesita arqueología para existir.

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