La relación del cine español con la Shoá es completamente peculiar. Durante décadas, fue un tabú prácticamente ausente de las pantallas españolas y, cuando empezó a incorporarse con mayor frecuencia, las historias elegidas eliminaban la experiencia judía.
Todo un malabarismo dialéctico, pues parece imposible contar uno de los acontecimientos más decisivos de la historia judía y hacerlo sin judíos, pero el cine español lo ha conseguido. Aquí el protagonista siempre es otro: un diplomático español, un republicano deportado, un funcionario de frontera, un ciudadano que decide ayudar. Cualquiera menos un judío.
No se trata de negar que esas historias también existieron. Algunos españoles ayudaron efectivamente a judíos perseguidos por el nazismo y los republicanos españoles fueron deportados a los campos de concentración nazis. Lo peculiar es que esas historias convierten la persecución de los judíos en la excusa para que un personaje español demuestre su humanidad. En esta cinematografía se produce una inversión de la perspectiva: la historia de los perseguidos acaba organizada alrededor de quien los salva o, simplemente, hay campos de concentración, pero no hay judíos, sino españoles. Porque, por lo que sea, lo judío nunca forma parte de lo español.
Durante el franquismo, la representación del nazismo y del exterminio judío estuvo sometida a restricciones. Las informaciones sobre el genocidio y los campos de exterminio fueron censuradas hasta fechas próximas a la Transición y películas como El gran dictador, Ser o no ser o La barrera invisible tardaron décadas en llegar legalmente a las pantallas españolas. La Shoá no aparecerá en el cine español hasta la transición, pero con timidez y en el género más inesperado: el fantástico. La herencia del mal (1987) e Intacto (2001) presenta a supervivientes de la shoá que buscan justicia vengándose de los nazis refugiados en España. Un precedente de la serie norteamericana Hunters, pero con elementos sobrenaturales. Ya entrado el siglo XXI, la shoá se instaura de una manera más orgánica dentro de la cinematografía española con dos visiones principales que se convierten en canon: El salvador blanco y el republicano represaliado. Es el Holocausto made in Spain en el que no hay lugar para los judíos.
Opción 1: El español que salva judíos
El ejemplo más claro de esta vía es El ángel de Budapest (Luis Oliveros, 2011), una producción de TVE sobre Ángel Sanz Briz, el diplomático español que protegió a miles de judíos en Budapest. La serie se mira directamente en La lista de Schindler. La película de Steven Spielberg cuenta la Shoá desde la perspectiva de Oskar Schindler, un cristiano que salvó a más de un millar de judíos. La elección es perfectamente legítima (faltaría más) y además sigue una tradición cinematográfica muy amplia sobre los llamados rescuers. Reparemos en la paradoja que fuera un cineasta judío quien diera pie a que los directores gentiles tuvieran cómo hablar de la shoá obviando a los judíos.
Volviendo a El ángel de Budapest, la serie cuenta la historia del diplomático franquista Sanz Briz y cómo su actuación durante 1944 salvó a más de 5.000 judíos de los nazis. Más allá del trasfondo histórico, la serie fijó lo que podríamos llamar el modelo del salvador blanco: el personaje que posee nombre, trayectoria, agencia y conflicto moral es español; los judíos son, fundamentalmente, aquellos cuya vida depende de sus decisiones. La excusa para mostrar la heroicidad del protagonista.
Esta estructura se repite en Frontera (2025). La película sitúa la acción en los Pirineos en 1943 y cuenta la historia de Manel Grau, un funcionario español con pasado republicano que decide ayudar a judíos perseguidos a cruzar la frontera. La película también se inspira en hechos históricos y plantea el conflicto entre obedecer las órdenes y ayudar a quienes intentan escapar de la persecución nazi. En otras palabras, el judío vuelve a convertirse en el objeto de una decisión moral española. El personaje judío no necesariamente desaparece, pero desaparece como sujeto principal de su propia persecución para convertirse en aquello que permite al protagonista demostrar quién es.
Más incómodo es el caso de La niña de tus ojos (1998), porque aquí los judíos no ocupan el centro de la tragedia ni siquiera el de una historia de rescate. Forman parte del dispositivo cómico.
La película cuenta la llegada de un grupo de cineastas españoles a la Alemania nazi para rodar en los estudios de la UFA. En la ficción, el equipo descubre que los únicos figurantes disponibles con aspecto andaluz son judíos y gitanos internados en un campo de concentración. La película utiliza esa contradicción para construir humor y repite el mismo desplazamiento del personaje judío.
Los españoles vuelven a ser los que tienen nombre, personalidad, conflictos amorosos y rivalidades profesionales. Los judíos, por su parte, aparecen al fondo de la escena como prisioneros y figurantes. Su papel dentro de la película está subordinada a la aventura del equipo español en una especie de recurso cinematográfico: son útiles porque tienen el aspecto que los españoles necesitan para su película. La persecución racial nazi queda incorporada a una situación absurda de producción cinematográfica.
El centro de gravedad sigue estando fuera del personaje judío, pero aquí se lleva la condescendencia un paso más allá. En El ángel de Budapest, el judío necesita al español que lo salva. En La niña de tus ojos, el judío permite que los españoles reaccionen, se enamoren, hagan bromas o se enfrenten a los nazis.
Esto permite formular la pregunta que el cine español no parece haberse hecho: ¿qué ocurre cuando dejamos de mirar a los españoles que observan a los judíos y colocamos la cámara del otro lado? Porque el prisionero judío de La niña de tus ojos no llegó al campo de concentración para que los españoles pudieran llevar a cabo su aventura. Ya tenía una vida antes de convertirse en figurante. Tenía un nombre, una familia, una lengua, una profesión, una comunidad. Al contrario de lo que pasa en el caso de los españoles, la película elude contar su historia.
Hay que tener en cuenta un asunto más, y es que una de las consecuencias del modelo del salvador es precisamente que la vida judía anterior al exterminio desaparece. El judío comienza a existir cuando llegan los nazis. Es particularmente grave porque la Shoá no destruyó a un concepto o una abstracción llamada «los judíos». Destruyó comunidades concretas: familias, barrios, asociaciones, sinagogas, escuelas, comercios, periódicos, movimientos políticos, lenguas y formas de vida. Si el cine solamente empieza a mirar a los judíos cuando aparecen las estrellas amarillas, reproduce involuntariamente una de las formas más radicales de deshumanización: reducir toda una vida completa en una historia de victimización.
Hay además una cuestión particularmente incómoda que merece destacarse. El relato del español que salva judíos no es un invento cinematográfico, sino que tiene una larga tradición “basada en hechos reales”. Durante el franquismo, el régimen desarrolló precisamente una narrativa sobre la actuación española en favor de los judíos perseguidos. Existió esta ayuda, no se puede negar, pero no fue ni por asomo lo que la propaganda franquista quiso vender (y vendió). Todos esos judíos que huyeron por España sólo podían estar de paso. Ni uno sólo, a no ser que fuera rico como en el caso de Ernesto Koplowitz, tuvo permiso para permanecer. Una oportunidad perdida más de haber creado una cultura judía en España (y van tantas ya que ni las cuento).
El caso es que la idea de los españoles salvando judíos está tan asentada en el imaginario nacional que ha invertido el verdadero apoyo de España al eje Hitler-Mussolini. Estas películas, de repente, nos recuerdan que nosotros también estuvimos allí, pero del lado correcto. Misión cumplida.
Opción 2: El republicano que sustituye al judío
La segunda vía que ha encontrado la cinematografía española para tratar la Shoá es centrarse en los republicanos presos en los campos de concentración, con El fotógrafo de Mauthausen (2018) como buque insignia de esta tendencia.
Esta película cuenta la historia real de Francesc Boix, un fotógrafo catalán, militante republicano y deportado a Mauthausen. Allí consiguió sacar clandestinamente negativos que documentaban los crímenes cometidos en el campo y que fueron utilizadas como pruebas en los juicios de Núremberg.
Es una historia importantísima y resulta razonable que el cine español quiera recuperarla. De hecho, seguramente sea la primera ficción cinematográfica centrada en los españoles deportados a los campos nazis y la más relevante en la recuperación de su memoria.
Pero Mauthausen tampoco es una película sobre la experiencia judía de la Shoá.
Los judíos están presentes. El campo aparece como un espacio donde convivieron distintas categorías de prisioneros. Pero el centro dramático es Boix y su grupo de republicanos españoles. La historia del Holocausto se transforma así en otra cosa: la historia de los españoles bajo el nazismo.
Eso no es un defecto en sí mismo sino, de nuevo, el mismo cambio de objeto: En este caso, el judío queda sustituido por el republicano. Esto va a ser así en casi cualquier película, serie o documental que trate los campos de concentración y la la lista no es corta: Marco (2024), Mauthausen, el deber de recordar (2000), Francisco Boix, un fotógrafo en el infierno (2000), Mauthausen, una mirada española (2008) y Mauthausen-Gusen: la memòria (2009), Los últimos andaluces de Mauthausen (2015), Adiós a la vida: aragoneses en Mauthausen (2006), Más allá de la alambrada: la memoria del horror (2005), Ravensbrück, el infierno de las mujeres (2005), El convoy de los 927 (2004)…
Mauthausen 10 – Auschwitz 0
Incluso Netflix estrenó en 2021 la serie Jaguar, la Hunters española en la que los judíos que cazaban nazis son convenientemente sustituidos, cómo no, por republicanos.
El caso es que no hay ni una sola película española sobre la Shoá realmente construida desde la experiencia judía. En todas hay algún personaje que lo es, pero… ¿Tiene familia? ¿Tiene una vida anterior a la persecución? ¿Tiene conflictos que no estén relacionados exclusivamente con su condición de víctima? ¿Tiene deseo, humor, sexualidad, contradicciones, discusiones religiosas o políticas?¿Puede equivocarse? ¿Puede actuar sin que su acción sirva inmediatamente para hacer avanzar la evolución moral de un personaje español ¿Puede existir en la película como judío antes de convertirse en víctima? ¿Puede ser un judío español y no ser mostrado como oposición a lo nacional? Son preguntas que siempre tiene la misma negativa respuesta.
Si el cine solamente empieza a mirar a los judíos cuando aparecen las estrellas amarillas, reproduce involuntariamente una de las formas más radicales de deshumanización: reducir toda una vida completa en una historia de victimización.
Lo sangrante es que España tiene una historia propia dentro de la Segunda Guerra Mundial que merece ser contada que no se resume a los ciudadanos españoles que ayudaron a perseguidos ni a los republicanos represaliados. Una película española sobre la Shoá no tiene por qué demostrar sólo que hubo españoles buenos. Puede simplemente contar una historia judía. Es más: hubo judíos españoles. Más de 600 ciudadanos españoles de origen sefardí fueron deportados por los alemanes a Bergen-Belsen. El Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática señaló expresamente que la deportación nazi afectó a las dos grandes comunidades de judíos españoles que estaban fuera de España: la comunidad sefardí de Francia y la de Grecia, especialmente Salónica. Igualmente precisó que, en los casos documentados según los registros alemanes y franceses, esas personas tenían la nacionalidad española en regla.
El ángel de Budapest y El fotógrafo de Mauthausen son historias legítimas, pero las dos convierten al judío en una pieza al servicio del españolito de turno. El sentido nacional se forma en la película por oposición al judío y deja bien claro que lo judío no forma parte de lo español.
Estamos a la espera de una película española en la que el protagonista sea, simplemente, un judío. Ni siquiera forzosamente español. Un judío a secas que no necesite ser salvado por otro español, el español de verdad, para mostrar su bondad.
El cine español podría contar la Shoá desde otros lugares: la vida cotidiana de una familia sefardí de Salónica antes de la guerra; los judíos españoles que intentaron regresar a España; las comunidades judías de París, Ámsterdam o Budapest; los deportados españoles de origen judío; las relaciones entre judíos y republicanos españoles en el exilio o las vidas posteriores de los supervivientes.
En lugar de preguntarse únicamente “¿qué hizo el español para salvarlos?”, podría preguntarse quiénes eran aquellos que necesitaban ser salvados, qué habían perdido y qué hicieron ellos mismos para sobrevivir. Eso no minimiza la encomiable labor de aquellos que se jugaron la vida por ayudar a las víctimas. Simplemente deja de convertirlo en protagonista por defecto y empezar a mirar al judío que ya estaba allí antes de que llegara el salvador.
Judío, no olvidemos que, en muchos casos, también fue español.





